viernes, 2 de agosto de 2013

La Talla

Por Andrea García-Santesmasses
¿Por qué escribo estas líneas? ¿Con la esperanza de que alguien las lea y disolver la amnesia colectiva de la que parece adolecer esta sociedad? ¿O, quizá, no son más que recuerdos de una insomne asustada con la acuciante necesidad de poner por escrito los terrores que le asolan y la culpa que le abruma?
Puede que no sea más que una reflexión personal que busca obligarme a recordar cómo fue, que intenta hacerme entender cómo pudo llegar a ser … O quizá sea un débito con mi yo del pasado, con mis años de militancia y lucha, con las esperanzas que un día tuve… Qué ingenua cuando pensaba que las cosas irían mejorando lentamente, qué acertada cuando teorizaba que el patriarcado se reformula, que se hace más sutil mientras se vuelve más perverso.
No puedo fijar un punto de partida concreto, no puedo explicar la Igualación como un acontecimiento generado por un hecho específico sino como una era germinada lentamente: un proceso de colonización mental lento pero avasallador. Sé que sus primeras expresiones fueron nuestras primeras protestas, y nuestros primeros fracasos. Cuando criticamos la cirugía estética nos dijeron que no éramos quienes para interferir en la “libertad” de elección personal, cuando alertamos sobre el culto al cuerpo, la delgadez, la belleza y la juventud nos respondieron que todos ellos eran sinónimos de salud y que su consecución era un fin loable por el que el mundo debía apostar; cuando señalamos la peligrosidad de la insidiosa difusión de un ideal corporal inalcanzable en los medios de comunicación y demás agencias de socialización, deslegitimaron nuestro movimiento y nuestros líderes, tachándolos de anacrónicos y desfasados vestigios de épocas pasadas en las que las mujeres no tenían las libertades ya consolidadas.
No supimos hacer ver que ciencia y patriarcado, eternos aliados, tenían un nuevo campo de batalla: la colonización de los cuerpos a través de su homogeneización. En un primer momento, las víctimas fueron las más vulnerables: las mujeres de los países desarrollados, aquellas que habían logrado la igualdad formal y empezaban a conquistar el espacio público, pero que se sentían tan inseguras en la relación con su físico que eran las mejor predispuestas para cortarlo, limarlo, reducirlo, aumentarlo, (re)definirlo, endurecerlo, ablandarlo (y demás verbos relacionados con la “femenina” tarea del corte y confección) bajo la promesa irrealizable de la adaptación un canon corporal preciso.
La campaña de manipulación, omnipresente y, al mismo tiempo, invisible, fue tan efectiva que eran las propias mujeres las mejores  promotoras de las bondades del modelo, las primeras difusoras entre sus redes de relación, las más celosas guardianas que velaban por el cumplimiento de los nuevos preceptos morales y comportamentales, y las más implacables en el castigo social y personal que suponía la transgresión de la norma corporal. Las mujeres fueron las víctimas y los verdugos de su opresión.
Cuando la perversa alianza ciencia-patriarcado tuvo a estas mujeres suficientemente alienadas como para emprender una lucha implacable contra ellas mismas (y de esa forma cegarse ante las problemáticas reales que les afectaban), trazó un plan más ambicioso… Estas jóvenes, saludables y bellas mujeres ¿no precisaban de compañeros igualmente sanos y deseables?
Como respuesta a esta pregunta cuya consecuencia lógica iba implícita en su enunciación,  se fue creando un clima de opinión que, posteriormente, se convirtió en una campaña de acoso y derribo en post de un canon corporal masculino al que todo hombre debía someterse. Siguiendo una estrategia similar que la que se llevó a cabo con el sexo femenino (pero de manera más rápida y homogénea ya que, una vez se hubo logrado con las mujeres, la técnica se había perfeccionado), el discurso fue calando y la práctica se fue imponiendo.
Qué contradicción para nosotras, feministas convencidas, que siempre teorizamos que en el patriarcado el varón tenía el poder y los mecanismos de auto-protección que le salvaguardaban de caer en las trampas y opresiones que debían enfrentar las mujeres. Creo que infravaloramos la fuerza de un capitalismo salvaje y avasallador que, en una rentable simbiosis con el estamento médico, logró imponer un único modelo corporal masculino que anulaba la diversidad de formas que regían en el mundo de los hombres.
Ante nuestros ojos pasó la destrucción de la diversidad corporal femenina y masculina y todo lo que ello implica: la pérdida de diversidad afectiva, relacional, erótica, sexual y demás elementos que se articulan y definen en torno a los cuerpos. En su lugar, aparecieron reproducciones idénticas del mismo molde, clones incontables de un prototipo que, al imitarse en el mundo real, quedaba vacío y hueco, patético e histriónico. Pero esos nuevos cuerpos, que a mis ojos se habían deshumanizado, se reconocían entre ellos como pertenecientes a un grupo selecto y envidiable, se relacionaban desde el reforzamiento orgulloso de la nueva identidad compartida.
A día de hoy, analizándolo en perspectiva, puedo ver una coherencia causal en unos hechos que, en los momentos en que acontecieron, fueron aceptados con la inconsciencia que sólo puede primar en las sociedades que se creen más científicas y racionales. El convencimiento de vivir en la mejor de las sociedades, lleva al silogismo espurio de pensar que su difusión es un imperativo moral. Qué fácil fue convencer a las sociedades re-corporeizadas de que no podían mantener dentro de las fronteras la “buena nueva”: la felicidad hallada en la igualación de los cuerpos. ¿Cómo negar a los niños y niñas nacidos en los países menos desarrollados la posibilidad de alcanzar un modelo que les proporcionaría salud, placer y felicidad?
Bajo el lema “Tallas iguales = personas iguales” comenzó una campaña promovida por los gobiernos de los países desarrollados, y apoyada por su sociedad civil, que pretendía establecer, dentro de la Convención de Derechos Humanos, la talla como  un derecho inalienable de toda persona. Ante la urgencia de la implantación efectiva del nuevo derecho se constituyó una comisión internacional para velar por su cumplimiento en los distintos países y se instauró un “día mundial de la talla” fijado el 11 de noviembre (11/11, números capicúa, números iguales).
 Quizá deba detenerme un momento para explicar que la palabra talla no se usaba en su acepción original (referida a la medida de ropa utilizada, definida por el diámetro y la longitud de la persona)  sino que alcanzaba a todos aquellos elementos corporales que pudieran suponer una diferencia y, por tanto, una discriminación. Una Talla igual significaba también: un color y textura de piel determinados, una cantidad, extensión y  tacto de vello adecuado, un metabolismo específico y una capacidad de movimiento, comprensión, locución y audición prefijada, es decir, la consecución y mantenimiento de una serie de parámetros corporales precisos.
La implantación universal del patrón corporal, de un modelo al mismo tiempo estético y de salud, de deseo y progreso, de erotismo y eficacia, conllevó décadas de esfuerzos e inversiones millonarias. Los hombres y mujeres de otras regiones, con experiencias funestas en otros tipo de colonización, no fueron tan fácilmente persuadibles de que tenían que asumir de nuevo un modelo externo e invasor. Pero el canon fue extendiendo sus tentáculos por medios de comunicación y escuelas, por hospitales y espacios públicos de reunión, y los programas institucionales de desarrollo se condicionaron a su promoción. Las carencias e injusticias que afectaban a estos territorios fueron explicadas y justificadas en base a su desigualdad de Talla: como sus habitantes no tenían la misma Talla, no podían ser iguales.
El discurso fue calando en la población: los partidos políticos lo incluyeron en sus programas electorales, los movimientos sociales en sus reivindicaciones, los ciudadanos organizados lo escribieron en sus pancartas y aquellos no movilizados lo añadieron a la retahíla de quejas que acompañaba a sus cafés mañaneros. De nuevo, fueron sus víctimas y fueron sus verdugos…
La consecución del derecho a una Talla igual se fue extendiendo y, con él, la homogeneización corporal se hizo global: los orientales se redondearon los ojos y los occidentales se los rasgaron, los negros y asiáticos se aclararon la tez y los blancos se la broncearon, las mujeres con poco pecho se lo aumentaron y las que tenían mucho se lo redujeron, las personas altas se encogieron y las bajas se alargaron, las gordas adelgazaron y las delgadas ensancharon, las velludas se depilaron y las lampiñas se injertaron vello, y un interminable etcétera de cambios corporales, realizados a través de millones de dietas, operaciones, ejercicios y tratamientos que lograron hacer el modelo universal, transcultural e intergeneracional.
Los ciudadanos del mundo se sentían uno, hermanos, hijos de un mismo progenitor: la ciencia, que hacía a sus creaciones iguales, sin permitir diferencias por raza, etnia o condición física que pudiera suponer una discriminación de alguna de ellos. La única diferencia admitida y reforzada era la que dicotomizaba a los sexos ya que éstos eran “naturalmente” diferentes y complementarios. Ni si quiera en eso habíamos logrado ser escuchadas, tanto años cuestionado el binarismo sexual desde la teoría Queer y las prácticas trans y, en el momento que la ciencia rompe con todas las diferencias biológico-mentales, cimenta con mayor solidez la división masculino/femenino.
No obstante, si bien la población mundial había asumido el modelo corporal de forma mayoritaria y hacía denuedos esfuerzos por cumplirlo, quedaban reductos insurgentes: individuos, grupos y redes que se negaban a doblegarse a la norma y con su aspecto y sus prácticas desafiaban la hegemonía corporal. Entre ellos, estaban algunas de mis compañeras más cercanas.
Yo, sin embargo, supe adaptar mi aspecto lo suficiente como para pasar desapercibida, para situarme en el límite la normalidad. No precisé de grandes transformaciones corporales y las modificaciones que sí necesité ni si quiera las acepté como parte de una estrategia consciente de adaptación a la norma sino con la naturalidad y la facilidad con que uno sigue a la masa. No intenté mantener aquellas señas que me hubieran diferenciado, no me agarré a los rasgos que me caracterizaban sino que los disolví en el anonimato de una estética anodina. Y hoy creo que parte de mi identidad, de mis convicciones y de mis ilusiones se disolvieron con ellos.
El sistema fue fraguando la contraofensiva contra aquellos que sí resistían. Las medidas estatales, como las que anteceden a cualquier dictadura explícita, fueron paulatinas y estuvieron acompañadas de una rigurosa propaganda. En un primer momento, se hizo aparecer a los disidentes como víctimas desgraciadas. Los gobiernos iniciaron campañas de carácter caritativo que buscaba ayudar a reconducir a las personas afectadas. La población enormemente sensibilizada al respecto, regaló tiempo y recursos a la causa: apertura gratuita de gimnasios, voluntarios que ejercían de entrenadores personales, dietistas al servicio de su comunidad, esteticistas, estiradores-contractores de huesos que ayudaban a adaptar la longitud de los miembros, cirujanos profesionales, y multitud de ciudadanos de a pie, sin formación relacionada pero con ganas de ayudar a mejorar la vida de sus desgraciados compatriotas.
El feminismo, si es que podía su deriva seguía mereciendo tal nombre, no supo dar respuesta a los acontecimientos. La parte institucional, aquella que estaba y conservó el poder, se sumó al entusiasmo científico de la Igualación, confundiendo el convertirnos en idénticos con convertirnos en iguales, defendiendo que la superación de las diferencias físicas llevaría a una verdadera meritocracia, donde la biología sería superada por la cultura. Los otros feminismos, las otras feministas, fuimos silenciadas, marginadas, aisladas.
Con el paso del tiempo, el sentimiento caritativo fue transformándose en cansancio ante la falta de motivación y esfuerzo de los inadaptados y, posteriormente, tras años de  fracaso gubernamentales y ciudadanos en la integración de estos individuos, se pasó a su culpabilización: se les comenzó a denominar anti-talla. La lástima dejó paso al desprecio: vagos, glotones, perezosos, egoístas, parásitos… cuerpos raros, extraños, deformes, inadecuados, intrigantes, monstruosos desafíos que la sociedad no podía tolerar.
El sistema decidió que había que implantar mecanismos de control efectivos, se había superado la fase de la publicidad subliminal y el “currículum oculto” en las prescripciones pseudo-médicas que normaban los cuerpos, había llegado la hora de controlar a los individuos mediante métodos de supervisión directa y el establecimiento de castigos y puniciones. El derecho a laTalla se convirtió en un deber para con la sociedad, una contribución ineludible que como ciudadano debías realizar a tu comunidad para no suponerle un coste económico y un cuestionamiento ético-estético.
Se decidió implantar una única medida de ropa y calzado, diferente en función de la edad y el sexo pero igual para los coetáneos en edad del mismo sexo,  de manera que las (pocas) personas que no encajaban en ésta debían continuar eternamente utilizando sus ropas viejas, muestra inequívoca de su inadaptación. El transporte público se adaptó a la Talla y los distintos espacios que componen cada medio de transporte se diseñaron en función de las medidas marcadas: los asientos, los pasillos, los lugares en los que colocar el equipaje, los accesos a los vagones, las escalerillas de los aviones, los baños de los autobuses, las taquillas de los trenes… Las personas demasiados gruesas para sentarse en esos asientos, bajas para llegar a colocar el equipaje o con problemas para subir escaleras, dejaron de poder utilizar los transportes públicos. Los privados se encarecieron, la demanda de prototipos de transporte para una Talla distinta eran minoritarios por los que pasaron a considerarse productos selectos y exclusivos. Los distintos engranajes del sistema giraban en la misma dirección.
Se aplicó un proceso similar en el resto de servicios e instituciones públicas. Además, la consecución de la Talla se convirtió en un objetivo político prioritario, al que se destinaron ingentes cantidades de recursos económicos. El respaldo médico que aseguraba que estas inversiones suponían ahorros futuros (dados los costes que tendrían los anti-talla para el sistema), fue argumento más que suficiente para la aceptación ciudadana de estos presupuestos. Se acordó que las personas que se encontraban luchando por lograr la Talla, debían dedicar su tiempo y esfuerzos a ese loable fin, por lo que quedaban exentos de otras obligaciones sociales como, por ejemplo, la declaración de la renta, la participación en las mesas electorales o la renovación del DNI. Dichas “concesiones” eran, al mismo tiempo, la única posibilidad ya que con el nuevo diseño de servicios y lugares públicos los anti-talla no podían realizar esas actividades por sí mismos.
La falta de movilidad les convirtió en reductos aun más aislados y marginales, con poca posibilidad de comunicación y organización. Nuestras iniciativas de protesta y movilización nunca fueron prohibidas ni perseguidas formalmente pero, de facto, fracasaron: la mayoría de las personas movilizadas no tenían la Talla por lo que, en los mejores casos se encontraban encerradas en sus casas, y en los peores sus familiares les habían recluidos en centros especializados en los que seguían estrictos programas de entrenamiento/tratamiento para cumplir con el deber de la Talla.
La asfixia de nuestro movimiento también alcanzo a internet: la regulación contra contenidos obscenos se amplió para recoger todas aquellas imágenes que pudieran afectar a la sensibilidad humana. ¿Cómo permitir que en el mundo de la libertad (¡y el libertinaje!) que era internet, al alcance de los niños y niñas, aparecieran imágenes espeluznantes de cuerpos terroríficos? Para evitarlo, se prohibió la muestra de imágenes de personas anti-talla en  todo espacio online, público o privado, personal o colectivo, que pudiera ser objeto de regulación. Nuestras iniciativas eran censuradas: nos cerraban las páginas de internet, nos desaparecían los perfiles en las redes sociales, nos pixelaban los videos, nos denunciaban cuando poníamos en marcha un foro, etc. Por otra parte, esta iniciativa estuvo muy respaldada por las demandas de amigos y familiares de los anti-talla que denunciaban las agresiones que éstos sufrían bajo la protección del anonimato virtual del agresor. ¿Qué mejor manera de rescatarlos del acoso que eliminar su presencia en esos espacios? Al fin y al cabo, ¿Qué monstruo perverso querría voluntariamente exponer su anti-cuerpo a la mirada pública?
Al mismo tiempo, la presencia de los disidentes en el espacio público era tan escasa que cada vez resultaba más extraña y, cuando acontecía, las miradas y murmullos acompañaban al inadaptado como un perseguidor implacable. Su simple permanencia empezó a resultar tan desagradable a los ciudadanos (y tan perjudicial para el turismo, la imagen de las ciudades, la marca del país) que se tuvieron que implantar normas de decoro y respeto al espacio público. El gobierno podía ayudarles a reconducir su aspecto y sus vidas, pero no iba a permitir que intercedieran en la libertad de los demás. La dinámica del palo y la zanahoria (“recorto tus libertades porque estás transgrediendo la norma, así que en el momento que desees cumplirla pondré los medios a tu alcance para que te sea posible”) dejó tranquila la conciencia de los bienintencionados ciudadanos.
Los disidentes fueron cediendo. Los primeros en caer fueron aquellos cuya protesta no tenía un carácter reivindicativo y contestatario sino que estaba promovida por un sentimiento personal, visceral, de rechazo ante los acontecimientos. Esas mujeres y hombres, marginados por su entorno, incomprendidos por sus familias y amistades, desanimados, ridiculizados por los desconocidos, terminaron sometiéndose a una dieta, a un tratamiento médico-estético o a una operación para eliminar aquellas diferencias corporales que, si bien sentían como parte de sus cuerpos y sus personalidades, se habían convertido en estigmas: las arrugas, las estrías, la miopía, el acné, el vello, las verrugas, la celulitis, el entrecejo, la soriasis, los lunares, las calvas, las orejas de soplillo, las varices, las narices ganchudas, los dientes torcidos (o amarillos), los labios leporino, las cejas caídas, las durezas, las cicatrices, las marcas de nacimiento, las ojeras, las canas… también fueron desapareciendo del espacio público y de la memoria colectiva.
Pero ¿qué pasaba con aquellas personas que, a pesar de los avances médicos y tecnológicos tenían cuerpos que seguían sin poder ser adaptados a la norma? ¿Cómo garantizar el derecho y el cumplimiento del deber de la Talla en aquellos seres nacidos con malformaciones o anomalías que la ciencia no lograba igualar? Cierto era que cada día eran menos, que el desarrollo de la ingeniería genética alcanzaba proporciones inimaginable décadas antes y que su éxito homogeneizador era innegable, pero no era absoluto. Estos seres suponían un cuestionamiento a la eficacia del sistema, a la confianza en que la Igualación era un proceso de voluntad política y personal, en definitiva, eran una ofensa para la felicidad de la nueva era.
Para acabar con esta problemática, las sociedades no podían admitir moralmente la puesta en marcha de prácticas eugenésicas. Sin embargo, tal y como se comenzó a argumentar en espacios formales e informales, tampoco era quien el estado para obligar a sus ciudadanos a vivir en condiciones infrahumanas, en cuerpos repulsivos, soportando una vida que no merecía la pena ser vivida. ¿Un estado sensible a las demandas ciudadanas no debía actuar en consecuencia a las peticiones de muerte digna? ¿No merecían esos seres que llevaban existencias invivibles para el resto de personas tener la posibilidad de acabar con su sufrimiento?
Las personas con las que la ciencia había fracasado en su intento de igualación habían sido condenadas a existencias tan miserables que, posteriormente, lo más misericordioso fue permitirles abandonarlas. Y de esta forma, a través de grupos de apoyo, mediante métodos eutanásicos instantáneos e indoloros, los vestigios monstruosos del pasado decidieron librementeabandonar la sociedad.
Este proceso, doloroso para los ciudadanos, fue acompañado del sentimiento compartido de que esto “no podía volver a pasar” y de “ninguna persona más se vería obligada a sufrir lo que habían sufrido estos seres”. Y, para garantizarlo, se hicieron públicos, gratuitos y obligatorios los diagnósticos prenatales que permitían detectar cualquier diferencia sospechosas. Los bebés, criados ya en su mayoría en incubadoras (hacía tiempo que las mujeres se negaban a deformar su cuerpo sometiéndole a un embarazo)  eran seleccionados genéticamente para ver cumplido su derecho a la Talla. Los óvulos y espermatozoides donados por los progenitores tenían una carga genética tan similar que, en casos en que conllevaban deficiencias, rápidamente eran sustituidos por gametos sanos y anónimos. Este método era tan sencillo y eficaz que las niñas, tras su primera menstruación, comenzaron a donar óvulos para poder ligarse posteriormente las trompas de Falopio de forma que nunca tuvieran que afrontar un embarazo sin por ello renunciar a la maternidad.
Pesadillas inimaginables en mi juventud se han tornado terroríficamente cotidianas. La igualdad, fin loable defendido por todos los movimientos en que milité en aquellos tiempos en que las diferencias biológicas articulaban identidades colectivas, ha devenido en un igualitarismo abrasivo… Quizá escriba para recordarme a mí misma que las cosas fueron de otro modo y, por tanto, son susceptibles a la transformación, que las realidades que nos asustan son constructos culturales y que su poder acaba en el momento en que somos conscientes de su reificación.
Pues,  ¿qué ha sido de mí en todos este tiempo? Mi cuerpo se mantiene congelado en mis veinte años, sigo una serie de tratamientos, periódicas intervenciones y regulares revisiones que me permiten conservar la figura, la tez, el cabello y la dentadura con la que sonreía cuando era feminista, cuando creía que las cosas irían a mejor, cuando tenía con quién luchar y cuando sabía contra qué hacerlo. Mi cuerpo sigue pareciendo el mismo, pero yo noto que cada corte, cada sutura, cada pérdida, cada implante, cada añadido, cada cambio… ha ido eliminando una parte de mí, y cuando me miro al espejo, no veo más que un Frankenstein de rasgos delicados y sensuales que no sabe contra qué creador perverso rebelarse para encauzar su sufrimiento.